Siempre había soñado con vivir fuera de casa y ser una mujer independiente a mis padres. Tener ese departamento decorado con electrodomésticos rositas y “Hello Kitty” era mi prioridad como soltera, porque ni mi familia ni un esposo me dejarían tenerlos. Con los años la idea cambió a salirme de casa como mujer casada, y no por tradición sino porque realmente me encantaba vivir con mis papás. Como recordarás en el primer blog “Comienza la aventura”, me casé en el 2019 y me mudé con mi esposo a otro país, que si bien no está para nada lejos de mi ciudad, no podría ir por un tiempo a Tijuana. Así que un día salí de casa lista para mi nueva vida con una pequeña maleta con ropa para sobrevivir en el verano, pensando que regresaría con frecuencia a mi recamara intacta a seleccionar qué cosas necesitaría y cuáles no, a mis tiempos y con mis calmas.

La verdad es que era tanta mi emoción que no me imaginé que los meses siguientes a la boda tendría un sentimiento agridulce al desprenderme del que fue mi hogar por casi 30 años. Yo ya tenía mi propio espacio junto a Abner, pero una parte de mí sentía que estaba de vacaciones y que en cualquier momento volvería a esa casa con mis padres y mi hermano; pero como ese día no llegaba, me visitaba la nostalgia y el llanto casi cada noche.

Unos cuantos meses después cuando por fin pude regresar, tuve sentimientos encontrados: todo seguía igual excepto mi habitación, ahora habían prendas de hombre colgadas en el closet y zapatos deportivos, videojuegos, cuadros de “Star Wars” y béisbol, algunas cosas arrumbadas y bolsas llenas con mis pertenencias en una esquina; Jesús se había mudado a la recamara aprovechando mi ausencia pero no me molestó en lo absoluto porque yo hice lo mismo en cuanto Itzel se fue (puedo imaginar lo que sentiste hermana). Estaba ahí en el lugar donde crecí y viví los mejores (y no tan buenos) momentos; yo pertenecía a ese lugar, pero ya no tenía mi propio espacio. Citando las palabras de mi mamá, “había llegado el momento de despedirme de ese hogar, para formar el propio” ahora junto a Abner.  

Aproveché para recorrer y agradecer cada espacio del que fue mi refugio por tantos años: a mi (ex) recámara, a la sala por todas las visitas que recibí, a la cocina por todas las comidas calientitas, a lo bonito que entra el sol por la ventana en el cuarto de mi mamá, a la tranquilidad en el patio cuando me acostaba en la hamaca, a las escaleras que me vieron caer tantas veces, al cuarto donde mi papá guarda sus herramientas… cada olor y cada ruido ahora tenían un valor muy importante…

Pasa por mi mente si otras personas sintieron lo mismo al salir de casa, ya sea por independencia, matrimonio o cualquier otro motivo: ¿tiene que ver si eres hombre o mujer? ¿la edad? ¿si eres muy unido a tu familia?. Me gustaría leer los comentarios que tengan acerca de este proceso y tal vez poder conocer un poco más de ustedes. Gracias por estar aquí leyendo estas palabras que con mucho cariño comparto. 

Les deseo amor, salud, viajes y muchas aventuras.
Stephanie 

 

 

Algunos electrodomésticos que se quedaron en mis sueños de adolescente:

Licuadora para smoothies 

Utensilios de cocina 

Tostador “Retro” 

Mini Wafflera